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El salón de la fama imaginario

Miro por mi gran ventanal del cuarto, el día gris que invita a quedarse un poco más dentro de sí mismo, en ese mismo instante una bandada de pájaros comienza sus cantos seductores primaverales sin importarles la ausencia del sol, estamos para disfrutar libremente parece que decían con cada vuelo y cantar.

Observando como todas las mañanas que dicen las redes sociales me impacto con caras nuevas todos los días, atrevidos, espontáneos, audaces y tragicómicos su manera de postear reel o comentarios: Soy peluquera y quiero aprender hacer cortes según el rostro de mi cliente escribe una tal Laura Rosaura, donde amablemente le responde con mucha autoridad un caballero peluquero, que le dice: Entonces tenes que estudiar visagismo y estilismo porque el título de peluquero no te sirve.

Otro anuncio dice: Recibe el PDF con los secretos de la colorimetría de regalo, mientras otro comunica que puedes convertirte en un administrador de peluquería en 45 minutos y ganar hasta mil dólares por día.

Recuerdo cuando ingresé a este mundo de la belleza y tuve mi primera oportunidad en la década de los 90 de estar en el escenario mayor, el organizador me dijo “Pibe solo unos minutos no te pases porque lo tuyo parece aburrido”.

Mientras esperaba nervioso esa oportunidad, en el escenario estuvo Miguel Ángel M, con un frac impecable, desde varios metros su perfume importado inundaba la sala, parecía que flotaba en el escenario y el silencio era sepulcral como un culto, ese culto al silencio que se llama educación.

Después ingreso una figura totalmente opuesta donde el evento completo se pudo de pie para aplaudirlo, parecería una celebridad de las Vegas con su vestimenta colorida y con brillos, pregunte quien era y me dicen es el famoso Flafio O.

Después conocí lo que llamo los monstros del escenario en una época de diamantes de la peluquería en la región, el prestigio era la moneda de cambio de ese momento, se percibía que había dinero, que había ambición de ser los mejores y se sostenía en ese RING imaginario que era el escenario.

Hoy lo barato se apropió de la industria, un joven en una conversación me decía “RODO” me compre el ultimo IPhone, mientras carecía de herramientas en su Barbería.

Miro nuevamente mi ventana donde comenzó a llover y me pregunto ¿qué sucedió con esta editorial? Si es un sesgo de nostalgia o una bofetada de realidad.
Rodolfo Urrea