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La Porota y el Funebrero, la historia de dos peluqueros que querían ser conocidos

Cuento · Por Rodolfo Urrea

I. El encuentro

Dicen en Mar del Plata que la Porota nació con un rulero puesto, y que la partera, al verla, no lloró de emoción sino de envidia por el volumen. Lo cierto es que a los cincuenta y tantos —ella decía cuarenta y pico, como quien declara un patrimonio— la Porota se consideraba la última sacerdotisa del batido. Había peinado, según su propia cuenta, a tres esposas de intendente, a una sobrina de un conde que nunca nadie vio y a una señora de apellido compuesto que, después de pasar por sus manos, no pudo entrar al Casino porque el peinado no pasaba por la puerta giratoria.

La Porota no veía el mundo: lo veía peinado. Donde había un médano, ella veía un recogido. Donde había un lobo marino tirado en la escollera, ella veía un cliente desatendido. Andaba siempre armada de una lata de spray fijador que blandía como Don Quijote la lanza, y había quien juraba que en los días sin viento la ciudad olía a laca porque la Porota había salido a pasear.

El Funebrero, en cambio, venía del sur, de un sur que nadie sabía ubicar en el mapa porque él cambiaba de domicilio como otros cambian de navaja. Era flaco, alto, de traje negro aun en enero, y llevaba en una valija de cuero sus herramientas: once navajas, un asentador de cuero de chivo y un frasco con agua de un lago que, según él, devolvía a las barbas su forma original. Cortaba en silencio, como quien prepara a un difunto, y le decían el Funebrero porque sus clientes salían con una cara tan solemne que parecían ir a su propio velorio. Él creía en el Corte Perfecto, un corte que había visto una sola vez, en sueños, sobre la cabeza de un ermitaño de la meseta, y que desde entonces perseguía de pueblo en pueblo.

Se cruzaron una tarde de febrero en un evento de peluqueria, frente a la Rambla. La Porota lo miró de arriba abajo y dijo que ese hombre necesitaba volumen. El Funebrero la miró de abajo arriba y dijo que esa mujer necesitaba un entierro capilar. Fue amor a primera crítica. Antes de que llegara el colectivo ya habían fundado, de palabra, el templo de la estética que iba a revolucionar la República.

II. El templo

El templo se llamó Institución de Peluqueria, nombre que la Porota pintó en un cartón con esmalte de uñas color oro viejo. Quedaba en un ex galpón de redes del puerto, con un techo de chapa que goteaba en tres puntos fijos y uno itinerante. Para cualquier mortal era un depósito con olor a pescado. Para ellos era un palacio.

La Porota veía arañas de cristal donde colgaban telarañas, y le daba a cada una un nombre de duquesa. Veía espejos venecianos en dos chapas de aluminio que el Funebrero había lustrado con grasa de oveja. Veía sillones de pana bordó en dos cajones de manzanas forrados con una cortina de baño. El Funebrero no veía nada de eso, pero tampoco la desmentía: había aprendido en la Patagonia que con los locos y con el viento no se discute; se camina de costado.

Los primeros clientes llegaron por curiosidad, que es la forma más barata de la fidelidad. Una maestra jubilada pidió despuntar las puntas y salió con un batido de dieciocho centímetros que la Porota llamó Cúpula del Teatro Colón. Un pescador pidió afeitarse y el Funebrero, tras dos horas de silencio ritual, le dejó media barba y un bigote en forma de cruz del sur, porque, explicó, la cara del hombre todavía no estaba lista para la otra mitad. Nadie preguntó el precio antes. Todos lo preguntaron después, con la misma cara de quien encuentra un hueso en la merluza.

Ellos no escuchaban. El cliente decía cortito y la Porota oía monumental. El cliente decía algo práctico y el Funebrero oía algo eterno. Tenían una teoría que repetían a dúo como un rezo: el cliente no sabe lo que quiere, el artista sí. Y como los dos eran artistas y nadie más lo era, el negocio quedaba, en teoría, asegurado.

III. El fracaso y la caída

La clientela se fue como se va la marea en Punta Mogotes: sin avisar y dejando cosas raras en la arena. La maestra no volvió; se cortaba sola con una tijera de cocina y un tutorial que le mandó la nieta. El pescador se dejó crecer la otra media barba por pura venganza. Al tercer mes el único cliente fijo era un lobo marino que entraba los martes a secarse junto a la estufa, y la Porota lo atendía con tanta devoción que llegó a hacerle unas ondas al agua que, juran en el puerto, le duraron toda la temporada.

Ellos no leyeron las sillas vacías como un aviso, sino como una confirmación. El público no está preparado, decía la Porota, retocándose el batido frente a la chapa de aluminio. El público nunca está preparado para la eternidad, completaba el Funebrero, afilando la navaja número siete con la mirada perdida hacia el sur.

En abril vino el viento. No fue un viento cualquiera sino el viento que el Funebrero había traído escondido en la valija, el mismo de la meseta, que lo había seguido durante años como un perro fiel. Entró por los tres agujeros fijos y por el itinerante, levantó el cartel de cartón, se llevó las telarañas-duquesas y dejó a la Porota de pie en medio del galpón con el peinado intacto. Ni un pelo se movió. Era tanta la laca acumulada en treinta años de gloria que su cabeza resistió como un faro.

El Funebrero la miró entonces, por primera vez, sin obediencia. Y vio lo que nunca había querido ver: que ese batido inmóvil, perfecto, imposible de despeinar, era exactamente el Corte Perfecto del ermitaño de sus sueños. Un peinado que no servía para nada porque no se podía cambiar. Comprendió, demasiado tarde, que había recorrido la Patagonia entera buscando algo que no era belleza sino rigidez.

Dicen que esa misma noche guardó las once navajas en la valija y se fue caminando por la ruta 2 hacia el sur, sin despedirse, mientras el viento le iba devolviendo la barba al lugar donde había empezado. La Porota se quedó en el galpón, peinando el aire con los dedos, atendiendo clientas invisibles de apellido compuesto y cobrándoles, eso sí, al final.

Todavía hoy, cuando en Mar del Plata huele a laca un día sin viento, los viejos del puerto dicen que es la Porota, que sigue abierta. Que sigue esperando que el público esté preparado. Y que el público, con toda la paciencia del mundo, sigue sin venir.

La historia es real, los seudónimos también aunque los protagonistas no conocen que la industria los llama así.