Estética como negocio: Cuando el algoritmo silencia al cliente
Hubo un tiempo en que los resultados de un negocio de Estética dependían de una pregunta fundamental como estrategia: ¿Qué necesita el otro? Se buscaba en el concepto básico del marketing entender el deseo, la frustración o la aspiración del cliente que se acerca a una estética por primera vez.
Sin embargo, en la era de la optimización digital, esa pregunta ha sido reemplazada por una mucho más inocua: ¿Qué quiere el código?, que aparece en las redes sociales y que palabra mágica lograría el algoritmo atraer a un nuevo cliente a mi negocio de Estética.
Un mercado de la estética donde las decisiones ya no se toman mirando a los ojos del consumidor estableciendo una conversación como diagnostico primario, sino analizando las sombras que proyecta en los datos del algoritmo está gestando una crisis de autenticidad que afecta tanto a marcas como creadores del universo de la Estética.
El riesgo de la homogeneización
Cuando dependemos exclusivamente del algoritmo para dictar nuestro próximo pasó, caemos en la trampa de la «promediocracia». El algoritmo no premia la innovación disruptiva; premia lo que se parece a lo que ya funcionó, olvidándonos de principios básicos del Marketing de los 80:
· A mayor diferencia menor competencia
· Si No eres una marca te conviertes solo en una mercancía económica
· Es más importante el seguimiento al cliente que la captación del mismo
· Se aprende desde las diferencias y no desde las igualdades de clientes-
El cliente no es una cifra, es un sujeto con decisión, el algoritmo es excelente para predecir el qué, pero es ciego ante el porqué. Un algoritmo puede saber que un usuario compró un tratamiento facial, pero no sabe si lo hizo por una sugerencia médica, lo observo de una amiga o el espejo le brindo esa devolución del aquí y ahora.
Si dejamos que el algoritmo sea el único timonel del negocio de la estética, terminaremos en un océano de contenido y productos perfectamente optimizados, pero totalmente carentes de mensajes o comunicaciones con alma. Es hora de volver a mirar al cliente de salir a relaciones públicas como hace dos décadas atrás, no solo a la pantalla, al final del día, los algoritmos no compran, no sienten no recuerdan y no funciona como formadores de opinión como la mayoría de nuestras clientas de vieja data.
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