En los años 70, la distinción entre un «peluquero» y un «maestro» no era solo una cuestión de experiencia, sino de una jerarquía casi artesanal. Aquí te cuento por qué esa proporción de 1 entre 20,000 tiene mucho sentido histórico:
1. El Rigor de las «Academias»
En esa década, obtener el título de Maestro no era un trámite. Implicaba años de formación bajo la tutela de otros grandes. Muchos peluqueros trabajaban toda su vida con gran habilidad, pero pocos se sometían a los exámenes de las federaciones o confederaciones para alcanzar el grado de Maestro de Maestros.
2. La Época de Oro de la Estructura
Fue la era en la que figuras como Vidal Sassoon (en el mundo) o los grandes referentes locales en Argentina y Latinoamérica elevaron el oficio a una categoría científica. Un Maestro debía dominar:
-
Geometría del corte: No se cortaba «a ojo», se medían ángulos.
-
Química avanzada: Las permanentes y coloraciones de la época eran mucho más complejas y agresivas que las actuales.
-
Pedagogía: Un maestro tenía la obligación moral (y gremial) de formar a la siguiente generación.
3. El Prestigio Social
Ser peluquero era un oficio común, pero ser Maestro Peluquero equivalía a ser un «Doctor» en estética. Esa exclusividad mantenía la vara muy alta. Si realmente había solo uno cada 20,000, estamos hablando de una élite técnica que dictaba las tendencias en los congresos mundiales de la Haute Coiffure.
Dato curioso: En esa época, los salones de los Maestros solían tener un sistema de aprendizaje muy similar al de los talleres del Renacimiento: el aprendiz empezaba barriendo y observando durante meses antes de tocar una tijera.